Esta mañana me levante como últimamente, sin ganas de ir al trabajo, sin ganas de ver a nadie, de escuchar a nadie, de soportar a nadie, ni que nadie me soporte. Me autoconvencí lentamente de que o me levantaba en ese momento o no me levantaría en mucho tiempo. Sentía como el estomago me dolia a horrores, como una sensación en mitad del pecho casi no me dejaba respirar, sabia que iba a pasar algo y sabia que no era bueno, el qué me lo imaginaba por mucho que no quisiera imaginarlo.
Me levante a la cocina a por mi café humeante, mi cigarrillo en los labios y miraba el rio por mi ventana. Los pensamientos me llevaban y me traían, recuerdos, momentos únicos que ya no se repetirán, y que se irán como el agua de ese maravilloso rio, que parece que no se mueve nunca, pero que jamás deja de correr llevándome a mi lejos de todo y de todos, lejos de mi, olvidar lo que fui, lo que soy, lo que seré, olvidar.
Me hallaba sumido en mis pensamientos, cuando un ruido muy conocido llamaba mi atención en el tubo de expulsión de gases del calentador y luego recorriendo los altos de los muebles de cocina. Allí estaba el una vez más, hacia días que no venia, pero esta mañana decidió visitarme. Estaba allí arriba mirándome fijamente como siempre, sin asustarse, ese pequeño pajarillo cada día le echa mas cara dura y supongo que esta mañana me vio tan indefenso que perdió el miedo del todo. Lo miraba sonriéndole, con esa mueca en la que ahora se ha convertido mi sonrisa, pues hace meses que no puedo sonreír, el me miraba pareciendo comprender lo que pensaba, me miraba fijamente sin moverse, como si de un espectador de lujo de mis sentimientos se tratase. Al rato lo olvidé, volviendo a sumirme en mis pensamientos mientras cogía una magdalena para desayunar. Dios mío ni se cuando fue la ultima vez que comí algo, no sé si fue ayer o el anterior, si fue desayunar o cenar. De pronto mi pequeño pajarillo que aletea y que se posa en mi mano, el corazón me saltaba en el pecho a mil por hora, esta ahí en mi mano, por fin se atrevió a dar el paso. Tanto tiempo visitándome y por fin hoy te has atrevido a acercarte del todo a mi. Que desarmado me has tenido que ver amigo o que hambriento, pero no, tras picotear un poco la magdalena ha seguido ahí mirándome, no es la magdalena lo que te atraía, por alguna extraña razón he sido yo y me ha gustado.
Al rato ha salido volando por el agujerito que hay entre el agujero circular del cristal y el tubo de expulsión de gases olvidando la ventana abierta, animal de costumbres el que le vamos a hacer. Enseguida tras pensarlo un instante me he puesto rumbo al trabajo, no me puedo permitir el lujo de hundirme y lo que tuviera que pasar sin duda pasaría igualmente, mi estomago, mi pecho me lo decían. He puesto dirección al trabajo cambiando ligeramente la ruta, hoy no queria pasar por delante del anatómico, no queria ver, sentir oler la muerte por ningún sitio, queria recordar mi pajarillo y la vida que el tiene, y que ha confiado poniendo en mis manos. Iba mentalizandome poco a poco de que tenia que asumir el día, llevarlo lo mejor posible, intentar aprovecharlo, disfrutarlo, incluso casi llego a sentir la sensación, esa sensación de felicidad que tan poco me visita. Iba mirando el cielo azul, el sol que se animaba a inundarlo todo de luz, pero ha sido un instante, un breve instante donde casi las pequeñas cosas de una mañana de marzo me hacen recuperar algo de ilusión. Nada más lejos de la realidad, enseguida al salir a la avenida, las mismas caras, caras vacias, miradas perdidas, carreras, prisas por ir a ningún sitio, coches devorando la ciudad, la gente que habla de cosas vacias, sin sentido mientras su acompañante piensa sin escucharla, que almorzara a medio día con la pesada de su amiga. El mismo médico con su cara de números y no de personas, pues hace años que ya no ve personas, solo números uno tras otro que le cuentan sus dolencias que a el ni le van ni le vienen solo receta el remedio para que lo dejen en paz. Cruzo por el comedor de estudiantes de medicina y la vorágine de caras vacias me inunda, me acorrala. No son nadie entre ellos, yo no soy nadie para ellos, ellos no son nadie para mi y los observo, vacios, solos entre la multitud de gente, aislados en la multitud, la peor soledad que hay, la que se siente y padece, estando rodeado de gente. Cruzo rápido, quiero salir de allí, salvo el mar de ambulancias trayendo a los enfermos que visitan la capital debido a su enfermedad cada mañana, una vorágine de camillas, enfermos, quejidos, dolor, lagrimas, ateeses anestesiadas de dolor de sufrimiento que los transportan como si fueran ganado, camilleros que se mueven como por railes, el mismo rail que ayer, el mismo que mañana, con una camilla donde hoy va ganado joven, mañana mayor, hoy es hembra, mañana macho, ganado que hay que transportar y al que no debes mirar para seguir anestesiado de los males ajenos. Coches luchando por entrar al parking, claxons que rugen sin cesar, prisas para ir a un sitio donde no quieren estar pero con la obligación de matar si es necesario para llegar a tiempo. Sigues andando y llegas al kiosco, nadie dice buenos días, el kioskero te da tu cajetilla de camel sin mirar, pidiéndole a la pared el precio exacto de la droga que aletarga ligeramente tu intranquilidad, recoge el dinero sin mirar, sin mirarte, sin mirar nada, absorto en si mismo.
Llegas al semáforo, el autobús de cada mañana esa gigantesca mole que une dos autobuses en uno y que para cada mañana delante del semáforo impidiéndote unos minutos ver nada, imagino que se divierte jorobando a los peatones que esperan con prisas el cambio a verde para cruzar, pero hasta que el no quiera no podrán hacerlo. Se va y esta rojo, algunos se aventuran a cruzar y los coches rugen a su alrededor, lo hacen con saña, seguro que han pensado por un instante que pasaría si los atropellasen, ves sus caras de psicópatas ambulantes con su maquina de acero que los hace sentir poderosos ante los peatones. Una chica delante de mi se lanza a cruzar sin mirar justo cuando yo le digo cuidado con el grito mas alto del que soy capaz, queda inmovilizada y un 405 pasa a toda velocidad rozando su blusa, como si nada sigue cruzando, sin mirar atrás, como si el hecho de que acabaras de salvarle la vida no tuviera para ella la más mínima importancia. La veo marcharse sin mirar atrás, quizás sin ser consciente de la oportunidad que acababa de darle, sin saber como es la cara, de quien la acababa de salvar.
Verde, todo el mundo cruza, la masa de caras vacias avanza hacia la que viene con saña en dirección nuestra. Unas motocicletas parecen no ver como siempre la luz roja para ellas, y sortean los peatones sin pensar, lo hacen automáticamente, sin calibrar el peligro, con cara de pocos amigos de que los peatones les corten el paso esporádicamente.
Estoy a unos pasos de mi lugar de trabajo. El vientre no me deja vivir, mi pecho no me deja respirar, la sensación de impotencia, de soledad, de vacio, eso es vacio, como ellos, los veo moverse, correr hacia ningún lugar, sin mirar a nadie, sin mirar nada, hablando sin escucharse, mirando sin verse, moviéndose porque hay que hacerlo sin saber en que dirección. Invaden todo, y yo hoy formo parte de ellos. El sol inunda el edificio de luz, el rojo lo inunda todo, me ciega la luz, me ciegan mis pensamientos, arden mis sueños, mis esperanzas, mis ilusiones, me paro contra la pared mirando como el rojo anaranjado lo llena todo, y solo queda el vacio de mi mente. Y solo puedo llorar, por ti, por mi, por todos, por esta humanidad que no sabe adonde va y que no ve nada que no sea a si mismo. Yo existo pero no quiero existir, quiero arder en ese rojo anaranjado que lo inunda todo, que lo llena todo, que da luz y vida a un mundo que quizás no debiera vivir. Lloro por todo y por nada, por ti, por mi, por ese pobre pajarillo que se fió de mi, que se ha puesto en mis manos, y que un día quizás en otras manos, lo puedan aplastar sin apreciar la delicadeza de algo tan puro y bueno como para fiarse de algo que ni entiende ni comprende y que soy yo, mirando por una ventana, sin saber que hacer ni donde ir. Lloro por nada y por todo, me siento tan espantosamente mal, que el dolor invade mi cuerpo, lo rebosa y de mi boca sale concentrado un grito, un grito que retumba en todo y con el que sale el dolor por todo y por nada. El dolor de vivir, en un mundo que ni entiendo, ni comprendo. Pero que es el que me ha tocado vivir.
